1 julio, 2019

Algo para masticar

Había una vez un árbol llamado Manilara Zapota, sus amigos le decían simplemente Sapota, pero en casa le decían de cariño Zapotilla. Éste tenía una particularidad, en sus venas fluía un líquido espeso llamada sicte que a veces lo hacía sentir incómodo por la forma en que se desbordaba de su interior y se deslizaba por su tronco.

Sin embargo, en algún momento, nadie recuerda quién, cuándo y dónde, a alguien se le ocurrió probarlo, robar un poco de ese fluido gomoso e introducirlo a su boca descubriendo que al masticarlo se convertía en algo chicloso y agradable y que incluso después de unos minutos limpiaba la dentadura dejando un aliento fresco y agradable.  

Los mayas y los mexicas, amantes de la limpieza, descubrieron que masticar esta maravillosa goma reducía la acidez en la boca, aumentaba el flujo salival y esto –aunque ellos no lo dijeran en estos términos- neutralizaba la acidez de alimentos y bebidas, ayudando a reducir la caries.

A partir de ese momento, los hombres se dieron a la tarea de escalar a Sapota y hacerle pequeñas hendiduras en zig zag  para no hacerle daño, sólo abrir lo suficiente para dejar que su valiosa savia descendiera por el tronco hasta caer en un recipiente especial. Después, la ponían al fuego para generar el tzicli (como lo llamaban los mexicas).

El tzcli llegó a Estados Unidos en tiempos de Antonio López de Santa Ana quien durante su exilio en Nueva York conoció al empresario Thomas Adams, con quien inició un proyecto: mezclar este producto con hule para producir llantas, pero no funcionó. Para no desperdiciar el producto, Thomas envío esta materia prima a su hijo quien creó la primera marca comercial de chicles: Adams.

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