19 julio, 2019

Una historia de amor colonial

Había una vez un par de jóvenes enamorados que casualmente se habían encontrado en algunas reuniones familiares. La primera vez que se miraron, los dos sintieron una electrizante sensación que recorría su cuerpo. Así que las siguientes veces que acudían a una tertulia buscaban discretamente con la mirada al otro hasta encontrar esos ojos que los habían hechizado.

En una de esas fiestas, el joven por fin se animó a invitar a la muchacha a bailar. Como era la tradición en esa época, se acercó lentamente y extendió su mano cubierta con un pañuelo para evitar que su piel tocara la de ella y haciendo una leve reverencia esperó a que se levantara y se dirigiera al centro del salón junto con las otras parejas.

Después de meses de cortejo y de tener la anuencia de los padres de la dama para visitarla, el juez eclesiástico dio su visto bueno para aprobar el matrimonio de la pareja, pues había comprobado que no había ningún impedimento para hacerlo. 

La razón de esta intervención por parte de la Iglesia se hizo necesaria porque en las familias de abolengo era común que los padres o tutores de los jóvenes formaran alianzas para tener algún beneficio económico o social o quisieran evitar una unión por prejuicios sociales.

Algunos de los impedimentos para casarse eran tener algún parentesco consanguíneo o espiritual (padrinazgo), estar ya casado o haber prometido matrimonio a otra persona; en el caso de las mujeres, haber hecho voto de castidad o haber profesado en una orden religiosa; o que alguno de los contrayentes hubiera presionado o forzado al otro para casarse.


Finalmente, llegó el día de la boda y el matrimonio se llevó a cabo con una sencilla ceremonia donde solo acudieron los novios con sus respectivos testigos. No fue necesario formalizar el contrato por escrito, pues la palabra empeñada en el acto fue suficiente. Al finalizar la ceremonia por fin los novios sellaron su amor con un abrazo y un beso en la frente, ella le dio en  prenda de su amor un pañuelo bordado con las iniciales de ambos y él colocó en su fino anular una sortija de oro con piedras preciosas.

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